Meditación sobre Marcos 8, 11-13

Jesús amaba a los fariseos, pero cuando éstos trataban de tergiversar y contradecir sus enseñanzas, suspiros de tristeza se le escapaban de los labios, porque anhelaba que todos aceptaran su misión mesiánica.

Jesus and priestsJesús quería enseñarles muchas cosas acerca del Padre, pero los fariseos cerraban los oídos. Estaban tan ciegos espiritualmente que no lograban darse cuenta de que el predicador que les hablaba era el propio Mesías, que ellos venían esperando durante siglos. Por el contrario, conspiraban para combatir y finalmente destruir a Jesús, y seguramente creían que así estaban haciendo la voluntad de Dios. Tenían el corazón endurecido por la envidia y el egoísmo, por lo que justificaban el odio y sus planes homicidas.

Pero Cristo nunca dejó de amarlos y sin duda debe haber intercedido frecuentemente por ellos, imaginando que se presentaban ante el Padre celestial ya lavados y vestidos de túnicas resplandecientes. Esta extrema necesidad de ellos aumentaba más el anhelo de Cristo de ofrecer su vida en sacrificio por los pecados de todos sus hijos. Él, que era el Cordero de Dios, quería “que todos se salven y lleguen a conocer la verdad” (1 Timoteo 2, 4). Incluso sentía gran dolor cuando se perdía una sola de las muchas ovejas.

helping hand

¿Podemos expresar este tipo de amor a quienes nos tratan mal? Claro que ésta no es una reacción natural en el ser humano, pero se trata del amor de Cristo, que nos invita a compartir con nuestro prójimo; el amor que vence el mal con el bien, que perdona las ofensas setenta veces siete y que nos asegura que se nos perdonarán nuestras propias maldades.

Este es el amor que todos hemos de demostrar, no sólo a nuestros seres queridos, o incluso a quienes nos resultan simpáticos o con quienes tenemos cierta afinidad personal, sino precisamente a quienes no nos tratan bien o nos causan perjuicio. ¿Es difícil? ¡Claro que sí! ¿Es imposible? ¡No! El Señor mismo nos mandó “amen a sus enemigos y recen por quienes los persigan” y todos podemos hacerlo, con la ayuda del Espíritu Santo. Si lo hacemos de verdad, estaremos imitando a Jesucristo.

“Señor mío Jesucristo, tu amor me deja siempre asombrado. Lléname de tu amor divino, Señor, para que yo lo prodigue a otros, especialmente a quienes más me cuesta aceptar.”

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Hermanas, Misioneras Auxiliares del Sagrado Corazón serviendo el Pueblo de Dios en los Estados Unidos, Puerto Rico, y Venezuela.
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