Meditación sobre san Lucas 9,28-36

Presenciando la Transfiguración y deslumbrado por la gloria que irradiaban Jesús, Moisés y Elías, Pedro exclamó: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí!” (Lucas 9,33). Quería quedarse allí con Jesús para prolongar la maravilla del momento y seguir contemplando tan gloriosa visión: Cristo iluminado desde dentro por el amor del Padre. Como escena viva, la Transfiguración venía a ser una espectacular ventana hacia el centro mismo de lo que Dios tiene destinado para la creación.

transfiguration-2Desde el principio, el Padre quiso revelar la majestad de su Hijo como Rey de toda la creación, y el Hijo, a su vez, anhelaba corresponder al amor divino mediante la alabanza y la gloria de la creación. Los profetas de Israel, inspirados por el Espíritu, habían anunciado su venida: “Vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano de muchos siglos y fue introducido a su presencia. Entonces recibió la soberanía, la gloria y el reino. Y todos los pueblos y naciones de todas las lenguas lo servían. Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su Reino jamás será destruido” (Daniel 7,13-14).

En la Transfiguración, los apóstoles Pedro, Santiago y Juan se encontraron en el umbral mismo de la historia humana desplegada por las amorosas manos de Dios. El Altísimo les permitió contemplar por un momento a Jesús como el Padre lo ve: “Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo” (Lucas 9,35). Cuando dijo que estaba completamente complacido con su Hijo (2 Pedro 1,17), el Padre reveló al mismo tiempo su gran amor por todo el género humano, porque Jesús es el nuevo Adán, el primogénito de sus muchos hermanos y hermanas.

Es cierto que aún no vemos la consumación de la historia. Pero sabemos, por señales tales como la Transfiguración, que Dios ya comenzó a cumplir su plan mediante la muerte y la resurrección de Jesús. Hasta hoy, los testigos oculares de la Transfiguración nos siguen exhortando a considerar las señales como a “una lámpara que ilumina en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana amanezca en los corazones de ustedes” (2 Pedro 1,19).

“Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo, alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de tu gloria.”

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Hermanas, Misioneras Auxiliares del Sagrado Corazón serviendo el Pueblo de Dios en los Estados Unidos, Puerto Rico, y Venezuela.
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