RENOVACIÓN DE MENTE Y ESPÍRITU

Autor: Neptalí Díaz Villán; C.Ss.R.

18 Domingo del tiempo ordinario, ciclo “B”

  • Primera lectura: Éx 16,2-4.12-15: Éste es el pan que el Señor les da para comer.
  • Salmo Responsorial: 77,3-4.23-25.542: Hizo llover sobre ellos el maná.
  • Segunda lectura: Ef 4, 17.20-24: Renuévense en su espíritu y sus criterios…
  • Evangelio: Jn 6,24-35: Yo soy el pan de vida.

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda, decían nuestros viejos. Así le pasaba al pueblo de Israel cuando recorría el camino liberador hacia la llamada Tierra Prometida. Iba camino hacia la libertad, había abandonado el yugo egipcio, pero pasaba grandes aprietos porque no tenía comida. Estaba en el desierto, que duró cuarenta años (40 significa el tiempo para la realización de un proyecto, cada cuarenta años se daba un cambio de periodo). Y era tan fuerte el hambre que todos sentían morirse y hasta llegaron a añorar la esclavitud de Egipto donde, por lo menos, tenían comida.

Para la mentalidad judía, un grupo humano se llama pueblo cuando vive en un territorio propio y en condiciones libres, justas y dignas de un ser humano. De ahí que en Egipto no eran propiamente pueblo porque, aunque no pasaban hambre, estaban sometidos. La experiencia religiosa judía presenta a Dios siempre a favor de la construcción de un pueblo digno, justo y libre. Por eso, Dios se presenta como quien le da dinamicidad a los anhelos de libertad y, por medio de Moisés, impulsa la huida de Egipto y el sueño de la Tierra Prometida.

Los israelitas deseaban la libertad, pero querían conseguirla rápido. Añoraban la tierra prometida, esa tierra que mana leche miel, pero la querían para ya. Estaban camino hacia la libertad, pero continuaban con mentalidad de esclavos. Ésta y el hambre que los apuraba no les permitían ver más allá y por eso anhelaron volver a Egipto. Aplicaron otro dicho popular, que es más un sofisma de distracción, signo del miedo y defensa de la mediocridad: “es mejor malo conocido que bueno por conocer”. 

Un estómago vacío es mal consejero, porque no deja ver lo que puede haber detrás de un plato de comida. Un estómago vacío hace que las personas sean inmediatistas y que anhelen soluciones rápidas. Pero las verdaderas soluciones difícilmente llegan de la noche a la mañana, como por arte de magia; la libertad es una conquista que no se logra sin trabajar. Se hace necesario un cambio de mentalidad; y éste es de las cosas más importantes y también de las más difíciles de lograr. Se hacía necesario dejar de pensar como esclavos, pensar como gente libre y trabajar con todas las fuerzas para conseguirla.

El desierto es el lugar de privaciones, del hambre y del dolor; es la ausencia de vida, pero a su vez, es camino hacia la libertad. A todas las personas, a todos los grupos humanos, llámese familia, comunidades, o pueblo, nos llega alguna vez el desierto. Es la situación crítica en la que parece que no se encuentran soluciones. Al pueblo de Israel le era muy provechoso ese desierto porque sabía que estaba en camino hacia la realización de la promesa y porque era una oportunidad para que experimentara la fuerza poderosa de Dios que se manifiesta especialmente en la debilidad de quienes saben confiar en Él.  En el desierto el pueblo aprende a experimentar su fragilidad humana y la necesidad de Dios. Si el pueblo vive el desierto de cara a Dios, le servirá para que su fe se purifique y crezca, de manera que viva siempre con la certeza de que con la ayuda de Dios su vida se dirige hacia la libertad total.

La fuerza que dinamiza ese camino es la gracia de Dios. Él se manifiesta en la vida cotidiana, en cada acontecimiento y, especialmente, en el anhelo de libertad. Él va haciendo que las cosas se vayan encaminando hacia la realización de la promesa y que el creyente esté en el lugar y en el momento indicados para su propio beneficio. El pueblo y la persona de fe sabrán descubrir los acontecimientos de la naturaleza como acciones maravillosas de Dios a favor de sus hijos.

En ese momento la acción de Dios se manifestó en las aves que pasaban por el desierto mientras se desplazaban por el cambio de estación, y que ellos lograron atrapar y consumir. Se manifestó por medio del llamado maná, que posiblemente fue el fruto de un arbusto propio de la península del Sinaí, llamado tamarisco, el cual produce una secreción dulce que gotea desde las hojas hasta el suelo. Por el frío de la noche se solidifica y hay que recogerla de madrugada antes de que el sol la derrita: “al atardecer comerán carne y por la mañana tendrán pan en abundancia”. Nosotros podemos vivir esa misma experiencia de salvación en nuestro éxodo salvífico; en el desarrollo integral de metas personales, familiares y comunitarias, en nuestra continua búsqueda de una humanidad nueva fundada en la justicia del Reino. Si nos ponemos en actitud de éxodo, si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor y vemos la realidad con los ojos de la fe, podremos ser testigos de la obra maravillosa de Dios en nuestra Vida.

El Evangelio que hoy leemos hace referencia a este acontecimiento de éxodo. Este fragmento del Cuarto Evangelista es continuación del que leímos hace ocho días, el milagro del pan compartido, más conocido como la multiplicación de los panes. Un gran número de seguidores de Jesús lo buscaban no tanto por su propuesta integral de salvación, no porque estuvieran dispuestos a trabajar por el Reino de Dios y justicia, sino porque con él habían comido hasta saciarse.

Jesús no desconoció la necesidad de comida, vivienda, vestido y todo lo que físicamente requiere un ser humano para vivir dignamente, por el contrario, promovió una vida físicamente digna. Pero no se quedó ahí, pues el ser humano es un todo integral, multifacético y pluridimensional; si nos quedamos sólo en la dimensión física, reducimos al ser humano, desconocemos sus otras dimensiones y arriesgamos su realización plena. Las obras de Jesús a favor de cada ser humano debían hacer que éste mirara más allá de sus intereses egoístas y se comprometiera con la construcción del Reino. Así pasó con la suegra de Pedro que, una vez le pasó la fiebre se puso a servir (Mt 8,14-15), con la hija de Jairo que se levantó y caminó (es decir, se convirtió en discípula (Mc 5,42)), con el ciego de Jericó que una vez vio la luz “lo seguía por el camino” (Mc 10,46-52), entre otros casos. Pero otros se quedaron sólo en el beneficio personal y egoísta, se quedaron en una religiosidad inmediatista y mediocre. De los diez leprosos curados, sólo uno volvió a Jesús (Lc 17,11-19) y en el evangelio de hoy, Jesús reclama porqué la gente lo buscaba sólo por la comida y no por el alimento que perdura. Se quedaron en la necesidad inmediata y no fueron a las profundas necesidades del ser humano: la necesidad de relacionarse con los demás, de abrirse a relaciones de amor, de fraternidad y solidaridad. A la gratuidad del amor de Dios y a los hermanos.

Las personas, los pueblos, las comunidades necesitamos renovarnos continuamente. Unas veces son pequeñas renovaciones, retoques y otras veces son necesarias grandes renovaciones, reformas de estructuras, de forma y de fondo; y continuamente necesitamos renovación de mente y de espíritu. Bien lo decía Pablo en su Carta a los Efesios: “Despójense, pues, de los hábitos anteriores, propios de la humanidad envejecida, víctima de sus engaños y sus apetitos; y renuévense en su espíritu y sus criterios, revistiéndose del hombre nuevo creado a imagen de Dios, para vivir en la justicia y la santidad, o sea en la verdad.” (Ef 4,22-24).

Un ser humano renovado, con una nueva mentalidad, debe trabajar no tanto para satisfacer el qué dirán, para ascender desesperadamente en la escala social, para hacerse el importante según el criterio del mundo, sino para buscar una vida digna para todos, por la justicia, la verdad, la santidad. Es decir, debe trabajar no por el alimento que se acaba sino por que perdura hasta la vida eterna.

Despojarse de los hábitos propios de la humanidad envejecida, es dejar la vaciedad de criterios, la vida mediocre y superficial, así como el egoísmo, la avaricia, los anhelos de poder y de aparecer. Revestirse de la humanidad nueva es llenarse del amor de Jesucristo y su proyecto de salvación, es elegir a Cristo como estilo de vida.

Por esa misma línea, decir que Jesús es el pan de vida significa que su camino, su proyecto, su espíritu generan vida verdadera para nosotros, vida plena, colmada, bienaventurada, feliz. Comer el pan de vida es asimilar a Jesucristo, seguir sus pasos, trabajar por el Reino y permitir que su Espíritu nos fortalezca para hacer realidad la voluntad salvífica de Dios para el ser humano. “El pan que da la vida soy yo: quien viene a mí no pasará hambre; quien cree en mí nunca tendrá sed”. (Jn 6,35).

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Hermanas, Misioneras Auxiliares del Sagrado Corazón serviendo el Pueblo de Dios en los Estados Unidos, Puerto Rico, y Venezuela.
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