La Casa

VII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 Autor: Neptalí Díaz Villán; C.Ss.R.

Primera lectura: Is 43,18-19.21-22.24b-25: Ahora que voy a hacer algo nuevo; Segunda lectura: 2Cor 1,18-22: Cristo es el sí de Dios; Evangelio: Mc 2,1-12: Levántate, toma la camilla y vete a tu casa.

LA CASA

La casa representa la cercanía familiar y la intimidad del hogar (del latín fogar, fuego, calor). Aunque algunas veces nuestras casas se convierten en hoteles, donde habitan unas cuantas soledades que viven su propio mundo y sufren su propio drama, normalmente en casa nos sentimos seguros y dueños de nosotros mismos. En casa manejamos nuestro espacio y nuestro tiempo; podemos recibir a nuestros amigos, compartir una comida y escuchar una canción, leer un poema, contar una historia y tomar una copa de vino. En casa, bajo el mismo techo, vivimos con los nuestros más cercanos: pareja, hijos, hermanos, padres, u otras personas, a las que amamos, con las cuales, reímos y cantamos, peleamos, sufrimos y lloramos, jugamos, crecemos y resolvemos los problemas juntos.

Antes de que el rey David centralizara el culto, se llevara el Arca de la Alianza para Jerusalén y nombrara a Sadoq como sumo sacerdote para tener en sus manos el poder político y religioso de Israel, el culto se hacía primordialmente en las casas. El proyecto de Israel fue el proyecto de la casa, es decir, el proyecto familiar. Totalmente distinto al proyecto del palacio impuesto por el imperio egipcio y las ciudades estado Cananeas. Israel empezó como pueblo, agrupando familias: la familia de Abrahán, la familia de Isaac, la Familia de Jacob, etc., que se unieron para construir una historia distinta, un proyecto alternativo: la confederación de tribus; el proyecto de la casa.

Jesús predicó algunas veces en las sinagogas y, muy pocas veces, en el templo, a donde básicamente fue a protestar contra la corrupción oficial. Casi siempre lo encontramos en las plazas, en la playa, en los caminos y por supuesto: en la casa. Hizo de la casa de Cafarnaum, en la costa noroeste del Mar de Galilea o Lago de Tiberíades, un lugar de encuentro, de amistad, de intimidad y de acogida, donde mostró el rostro misericordioso de Dios.

No sabemos con certeza de quién era esa casa. Algunos suponen que era de su propiedad (Mt 4,13; Mc 2,1ss; 9,33) otros, que era de su amigo Simón, o de alguna otra persona que se la había prestado. Lo que sí vemos con claridad es que la casa estaba puesta al servicio de la Causa. Allí se reunían para enseñar, para celebrar, para curar a la gente y descansar después de largas jornadas. Fuera ajena, de alguna familia o del mismo Jesús no es lo más importante, sino el hecho de que prestara un servicio comunitario.

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en casa. Había mucha gente agrupada que escuchaba su predicación. Había también un hombre paralítico que como tal, no podía valerse por sí mismo; iba donde lo llevaran. Más que un hombre es el mismo hombre, o sea, la humanidad caída que, dominada por tantos males, no puede vivir en libertad debido a las fuerzas que la aplastan. Cuatro hombres querían propiciar el encuentro con Jesús, pero no podían a causa del gentío. Preguntémonos cuándo el gentío y el bullicio de la gente, las distracciones de nuestra sociedad, las ideologías y la influencia de los medios de comunicación (convertidos a veces en medios de  distracción o de distorsión), nos impiden encontrarnos con los de nuestra casa y con Jesús.

En todo momento, particularmente en los difíciles, qué bueno tener y ser buenos amigos. Qué bueno estar siempre dispuestos a dar lo mejor, a apoyar en todo, a hacer todo lo posible para que los problemas se solucionen y para propiciar el encuentro con aquel que tiene la capacidad para levantarnos de nuestras postraciones. Como personas somos limitados pero tenemos la gran oportunidad de conducirnos hacia Jesús, que puede transformar nuestra vida y hacer de nosotros personas nuevas, libres y seguras. Estos cuatro amigos del paralítico, hicieron todo lo posible, hasta desbaratar el techo de la casa, para llevarlo hacia Jesús. La curación se dio en este caso no solo por la fe del paralítico sino también por la de sus amigos. ¿Qué clase de amigos somos? ¿Qué clase de amigos tenemos?

Al anunciar el perdón de Dios para el paralítico, excluido por ser considerado pecador, Jesús liberó al hombre de su culpa, le quitó un peso psicológico y lo reintegró a la comunidad. Lo aceptó como hermano y le dio la oportunidad de levantarse. Pero aquí surgió un problema delicado porque estaba pisando muchos callos. Si este hombre de Galilea, sin autorización oficial, anunciaba el perdón de los pecados, sin ritos de purificación, sin tributos y dejando a un lado la pomposa y engañadora liturgia oficial, entonces estaba tumbando por la base las estructuras sobre las cuales se sostenía la religión judía. Además, les quitaba un negocio muy jugoso para los sacerdotes, levitas, escribas, doctores de la Ley y toda esa burocracia ‘sagrada’, que  había convertido el templo en una cueva de bandidos, la fe en un mecanismo de exclusión y en una escalera para alcanzar títulos honoríficos, con los cuales pretendían llenar su vacío existencial y su bajeza humana. Ellos tuvieron ‘razones suficientes’ para perseguirlo hasta la muerte: “Poderoso caballero es Don Dinero” (Francisco de Quevedo y Villegas).

A pesar de lo peligroso para su seguridad, Jesús siguió adelante con su ministerio en defensa de la vida, especialmente de los excluidos, y ayudó a aquel hombre a descubrir su dignidad y el lugar donde debía estar. Le comunicó la gracia y el amor de Dios que lo reconstruía como ser humano y lo reconocía como hijo. Le brindó la confianza, la seguridad para levantarse y la alegría de vivir. Y ¿saben a dónde lo envió? A su casa. A sentir el calor del fogar y el amor de la familia, a construir el proyecto del Padre. El proyecto de la casa, el proyecto familiar.

¿Sobre qué base está sostenida nuestra fe? ¿Qué cuestionamientos haría Jesús de Nazaret a nuestras estructuras religiosas si viniera hoy? ¿Estamos construyendo el Proyecto de la Casa (familiar, cercano e incluyente) o el Proyecto del Palacio (imperial, lejano y excluyente)? ¿Nuestras Iglesias se parecen a las frías sinagogas y al templo de Jerusalén convertido en cueva de bandidos o se parecen a la casa de Jesús, en la cual recibía a todo aquel que lo buscaba con sinceridad? Nuestras familias, iglesias y comunidades, en medio de sus limitaciones humanas, ¿son realmente un espacio que posibilita el encuentro con Jesús, la vida en el espíritu y la comunicación del amor?

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Hermanas, Misioneras Auxiliares del Sagrado Corazón serviendo el Pueblo de Dios en los Estados Unidos, Puerto Rico, y Venezuela.
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