“¿Tienes envidia porque soy bueno?”

XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Autor: Neptali Diaz Villan, C.Ss.R.

(Isaías 55,6-9; Filipenses 1,20c-24.27 Mateo 20,1-16)

El contexto en el cual Mateo ubica esta parábola es, Jesús frente a los fariseos y la comunidad de Mateana frente a nuevos miembros no muy piadosos, e incluso no judíos que ingresaban a ésta y encontraban oposición por parte de algunos. Los fariseos, que por su estricto cumplimiento de la ley se consideraban así mismos como los únicos dignos del amor de Dios y veían a los no cumplidores como unos malditos dignos de ser excluidos de la salvación, criticaban a Jesús por su trato amistoso con todo tipo de personas: prostitutas, cobradores de impuestos, mendigos, enfermos, samaritanos,
extranjeros, etc. Jesús hizo un fuerte cuestionamiento a la postura segregacionista de los fariseos, tildándola de envidiosa e incapaz de soportar el amor de Dios para con todos los seres humanos. Por su parte la comunidad de Mateo, fue descubriendo progresivamente, que era necesario darles cabida en su interior a todas las personas que deseaban ingresar a ella, siempre y cuando estuvieran dispuestas a trabajar en la viña.

Vale la pena hacer hoy, una evaluación de nuestra vida religiosa: ¿la vida religiosa que llevo, hace de mí una persona misericordiosa, comprensiva y trabajadora por el Reino de Dios?  O ¿el contacto con lo religioso hace de mí una persona engreída y orgullosa convencida de que tengo un privilegio ante Dios, y soy mecedora de un amor especial debido a mis méritos, por encima de aquellos poco piadosos que nunca o pocas veces se acercan a un templo? ¿Somos acaso como el grupo de fariseos: cumplidores pero incapaces de soportar a un Dios que ama a todos por igual? ¿Me acerco a la viña del Señor a trabajar y a dar lo mejor de mí, o a ver simplemente qué puedo recibir? ¿Participo de la vida eclesial por un interés personal,  para ver qué me puede dar Dios, o, realmente estoy dispuesto a trabajar en la viña y comprometerme con la causa del Reino?

Podemos caer en la tentación de pensar que somos más dignos del amor de Dios porque participamos de la vida de la iglesia, hacemos parte de la gente de bien, no hacemos mayores daños a la sociedad: no matamos, no robamos y tratamos de cumplir los mandamientos. Podemos caer en la tentación de pensar que tenemos más méritos para con Dios que los vagos del paseo, que Dios nos quiere más que a los que no vienen a misa, ni se confiesan, y ¡por su puesto! mucho más que a todos los malos: asesinos, ladrones y antisociales de nuestro mundo. Pero parece que no es así: “Mis planes no son sus planes, nos decía la primera lectura  (Is 55,8), mi justicia no es su justicia. El amor de Dios sobrepasa todo cálculo humano; Dios ama de igual manera a un justo que a un pecador. Aunque exista situaciones que nos incapaciten para recibir las gracias de Dios: bien sea por una situación de pecado o una religiosidad orgullosa, que no soporta por su envidia el amor gratuito de Dios.

Tres invitaciones concretas y una inquietud para dialogar:

a)  Trabajo generoso en la viña: Dios nos ama por igual, porque todos somos sus hijos hagamos mucho o poco. Trabajemos no tanto por recibir la paga sino por responder  de la mejor manera posible a su amor gratuito. Que la mejor paga sea sabernos hijos de Dios en tanto que continuamos su proyecto en el mundo. Que Dios no pague en sentido conmutativo, no puede llevarnos a vivir mediocremente. Él pide que trabajemos donde estemos, con generosidad, dando lo mejor de nosotros, según nuestras capacidades. Pablo es un testimonio de ello: ya anciano confesó a Cristo como lo único valioso para él:“para mi la vida es Cristo” (Fil 1,21). Pero eso no significa que él haya tenido una experiencia intimista de la fe y que viviera alejado del resto de la humanidad. Por el contrario, la fe en Cristo lo comprometió más los sus hermanos: cuando sintió el peso de los años, la cárcel y los demás conflictos, en un momento deseó morir con la esperanza de unirse plenamente con Él, pero pensó que todavía podía hacer algo por la viña, para ayudar a que otras personas llevaran una vida digna del evangelio, y por eso siguió anunciando a Cristo hasta el final, dando testimonio con su propia vida.

“Al que más se le da, más se le exige”, decían nuestros viejos. Si hemos recibido una mejor formación integral, si tenemos más capacidad de liderazgo, si tal vez poseemos un poco más de dinero o posesiones, etc., pues tenemos delante de Dios la responsabilidad de dar más a nuestros hermanos en la medida de las posibilidades y en la medida de las reales necesidades. Aquí lo más importante es la actitud interna, el deseo de compartir y de dar lo mejor de nosotros mismos. Sentir, valorar la gratuidad de Dios para con nosotros: la vida, los sentidos, la naturaleza, los otros, el amor, el aire, el Evangelio… Aveces nos quejamos por lo que no tenemos, pero nos olvidamos de agradecer por tantas maravillas que tenemos y tal vez ni siquiera somos conscientes de ellas. ¡Qué bueno que podamos experimentar y disfrutar con sentido de gratitud tantas vivencias maravillosas! De la misma manera que bueno que podamos convertirnos en bendición, en don gratuito para los demás, así como Dios nos regala a manos llenas toda su gracia.

b)  Cuidémonos de la envidia: Si trabajamos solo por recibir la paga, al saber que Dios da ese mismo amor a todos, nos dará envidia. La envidia es uno de los males que más afectan nuestra sociedad. A veces no podemos ver que alguien está feliz y con estabilidad emocional, afectiva o económica; que progresa y sale adelante en sus trabajos, porque quedamos intranquilos. La envidia es hija del egoísmo, propia del que lo quiere todo para sí, no soporta el bienestar de otro y sufre por el bien de los demás. Es una enfermedad propia de fracasados y mediocres, que nadan en el lodo de su propia infelicidad y quieren ver a los demás en la misma situación. La siguiente fábula nos puede ilustrar: “La noche era muy oscura. Un feo sapo, maldecía su suerte en un charco frío y sucio: –  esta vida de sapo es muy horrible, definitivamente uno viene a este mundo es pa’ sufrir – , decía el sapo. Una pequeña luciérnaga que sobrevolaba el entorno, iluminaba la noche y rompía el silencio con su cantar, se poso sobre una rama. El sapo, haciendo un esfuerzo, saltó y con su frió vientre la tapó. ¿Oye amigo sapo por qué me tapas? Alcanzó a decir la luciérnaga. ¿Por qué brillas? Respondió el sapo”. (J. Ingenieros – El hombre mediocre).

c)  Vivencia religiosa incluyente: por muchos años las religiones han sido excluyentes y fundamentalistas. Algunos escritores como el novel José Saramago, tildan a las religiones de ser las principales causantes de las peores guerras de la humanidad. Hay que reconocer que todas las religiones, no sólo el cristianismo y dentro del cristianismo todas las Iglesias, no sólo la católica, (muchas iglesias protestantes terminaron haciendo lo mismo que tanto criticaron a la católica romana) han cometido errores. De nuestra parte hemos pensado muchas veces que nuestro Dios es el único, que las demás experiencias religiosas son tan sólo un primitivo intento por llegar a Dios, pero el esplendor de la verdad lo tenemos nosotros, con nuestros dogmas, tradiciones y liturgia; hemos perseguido a los
que consideramos herejes, impíos y enemigos de nuestra ortodoxia. ¿Qué debemos hacer? ¿Abandonar el trabajo? ¿Dejar de creer y abandonarnos a una vida instintiva? No, de ninguna manera, esta no es una invitación a abandonar el trabajo por el Reino, ni a abandonar nuestra iglesia. Evitando fundamentalismos, sivismos   proselitismos, tenemos que trabajar, sin perder nuestra identidad cristiana y católica, por una integración interreligiosa, pluralista igualitaria y participativa, donde aportemos nuestra vivencia, aprendamos de otros, y entre todos experimentemos el amor de Dios que sobrepasa
nuestros esquemas mentales.

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About hermanasmisioneras

Hermanas, Misioneras Auxiliares del Sagrado Corazón serviendo el Pueblo de Dios en los Estados Unidos, Puerto Rico, y Venezuela.
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