Mujer, ¡qué grande es tu fe!

XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Por José María Martín OSA

Citás Bíblicas
–         1ra lectura:    Is 56,1.6-7
–         2da lectura:   Rom 11,13-15.29-32
–         Evangelio:     Mt 15, 21-28

El texto evangélico que leemos este domingo es muy polémico. Los especialistas no se ponen de acuerdo sobre su historicidad. Algunos afirman que este relato es una creación de los evangelistas para explicar la necesidad de apertura en que se veían las comunidades primitivas. Otros, por el contrario, dicen este texto surgió a partir de un acontecimiento vivido por el mismo Jesús histórico de carne y hueso.

Cabría preguntarnos ¿por qué este relato sólo está en los evangelios de Marcos y Mateo y no en Lucas si es de la misma tradición sinóptica? Es poco probable que Lucas no lo haya conocido. Tal vez lo haya omitido para no escandalizar mostrando a un Jesús en actitud ofensiva hacia una persona, sabiendo que el Tercer Evangelista (Lucas) hace un énfasis especial en los sentimientos de misericordia practicados el Maestro de Nazaret. Sea histórico o no, ahí está y nos trae un mensaje que vale la pena conocer y asimilar como discípulos.

Vayamos al grano. A Jesús, gústenos o no, tenemos que ubicarlo dentro de la cultura judía, él fue un hombre judío. El presente relato nos lo presenta fuera de su tierra: en Tiro y Sidón, a la frontera con el norte de Palestina, lo que hoy es el Líbano. Una mujer extranjera, rompiendo la cortesía, la delicadeza y el respeto con los que una mujer debía acercarse a los varones, especialmente a los varones que no eran de su familia, se dirigió a Jesús para exponerle la situación de su hija en la espera de alguna acción favorable.

Pero Jesús reaccionó como lo hubiera hecho cualquier judío: al principio no respondió, y ante la sugerencia de los discípulos, descartó darle ayuda porque su misión era con los pobres de su pueblo y esta mujer era una extranjera. Pero la mujer insistió, porque una madre hace lo que sea para favorecer a sus hijos: “Señor, ayúdame”.

Y aquí viene lo más escandaloso: “No está bien echar a los perros (perrillos) el pan de los hijos”. Algunos para suavizar la ofensa hacen la diferencia entre perritos (los de la casa) y perros (los de la calle). Jesús hubiera dicho perrillos y no perros. Y es cierto que la palabra griega kunarion, utilizada en el texto, literalmente traduce perrillos, pero, como dicen John Meier, Burkill y otros biblistas, no podemos ver este término como gota de suavizante o pincelada de humor, ya que las fórmulas diminutivas son típicas del griego popular (koiné), lengua utilizada para escribir el Nuevo Testamento, y no significan disminución en la fuerza de las palabras. Así que desatender a alguien porque sea perro o perrillo, no deja de ser un desplante ofensivo.

Aquí en primera medida no se resalta la actitud del judío Jesús que actuó con la prepotencia y el orgullo propio de muchos de sus paisanos, sino la fe inquebrantable de esta sencilla mujer extrajera, pobre y necesitada, capaz de insistir, de saltarse todas las normas de urbanidad e inclusive, capaz de humillarse por amor a su hija: “tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.

Y aquí aflora una actitud muchas veces desconocida en Jesús, porque nos hemos acostumbrado a ver más la parte divina a tal punto de esconder su humanidad. Se trata de la conversión. La sabiduría de Jesús fue aprendida procesualmente. Cuando nació no era poseedor de conocimientos claros y distintos. Lucas en el los relatos de la infancia escribió que el niño fue creciendo en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres (2,40.52). Él vivió inserto en una cultura con sus aciertos y desaciertos. En este fragmento del Evangelio lo que tenemos que aprender no es la forma como él insulto a una persona que no era de su raza, sino su grandeza humana para aceptar el error y su capacidad de conversión, movido por una mujer sencilla que lo sacudió con la fuerza de su fe inquebrantable y el amor por su hija: “Mujer ¡qué grande es tu fe!: que se cumpla lo que deseas”.

De esta manera, la profecía universalista de Isaías que había quedado rezagada durante más de 400 años, por “obra y gracia” de Esdras y Nehemías, fue retomada por Jesús y su movimiento. Los triunfos en esta vida siempre serán relativos. Muchas propuestas, caminos, ideas, experiencias o proyectos que ayer fueron despreciados o perseguidos, en cualquier momento alguien los retoma y las desarrolla. Como dijo Jorge Luís Borges: “La derrota tiene una dignidad, que la escandalosa victoria no merece”. Pablo y Bernabé hicieron lo propio cuando salieron de Palestina y se abrieron camino para anunciar la Buena Noticia del Reino más allá de las fronteras judías (2da lect.).

Finalmente, perdonémosle a Jesús este “descache”, agradezcámosle a Mateo por no ocultarnos este pasaje de su vida, y aprendamos del hermoso testimonio de esta mujer y de la capacidad de cambio de Jesús. Pensemos si existen situaciones, ideas, costumbres, paradigmas, etc., presentes en nuestro interior, en nuestra Iglesia, en nuestras familias, culturas y pueblos, que los consideramos casi como intocables y que tal veces necesiten ser reevaluados.

Pensemos qué necesitamos replantear a nivel personal para purificar nuestras relaciones interpersonales de manera que sean más armónicas y satisfactorias. Pensemos qué necesitamos cambiar a nivel comunitario y eclesial para que como Iglesia seamos más fieles al Evangelio y a nuestro compromiso de trabajar por el derecho a una vida digna, por la justicia y la salvación de las personas y de los pueblos.

Pensemos en la forma como valoramos a quienes viven distingo a nosotros. Desde la perspectiva de fe, religión, costumbres, opciones afectivas, ideológicas, políticas, etc. Revisemos si dentro de nosotros también se ven actitudes fanáticas, segregacionistas, racistas, homofóbicas, que desdicen de la misericordia propuesta por Jesús. Necesitamos urgentemente mantener una mente abierta para aprender de los acontecimientos de la historia, de la realidad que nos envuelve y nos apremia. Necesitamos aprender de las lecciones que nos dan las personas desde sus posturas ideológicas, su status social, sus vivencias, sus pensamientos, sus sentimientos, con sus aciertos y desaciertos, con su fe con su esperanza, con esa inspiración de la conciencia que los impulsa a defender y a dignificar la vida.

A veces pasamos de largo frente a grandes enseñanzas que nos da la gente sencilla. Infravaloramos sus palabras, sus historias, su testimonio, su sabiduría. Desconocemos que en medio del pueblo, de su día a día, de su lucha por sobrevivir, en medio del caos en el que muchas veces están insertos porque les tocó, el Espíritu aletea, como en el principio de la creación. Vale la pena que de vez en cuando nos detengamos a ver los signos de Dios.

Los discípulos de Isaías comprendieron que nacionalismo era peligroso. Que era necesario superarse como pueblo empezando desde el interior del pueblo. Superando los clasismos, los segregacionimos y apostándolo a una reconstrucción desde una apertura universalista, integradora y comunitaria, que sirviera de inspiración para todos los pueblos, sin sentirse superior a ellos. Jesús se dejó cuestionar por esta mujer humilde y aprendió la lección. Pablo pasó de ser un fariseo perseguidor de la Iglesia a un ser apóstol de Jesús que extendió la Iglesia más allá de las fronteras. Para hacer más universal la propuesta evangélica se enfrentó incluso con quienes pretendían que para ser cristianos debían primero hacerse judíos.

¿Cómo actuamos nosotros hoy en nuestra propia realidad teniendo en cuenta lo que hoy reflexionamos?

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Hermanas, Misioneras Auxiliares del Sagrado Corazón serviendo el Pueblo de Dios en los Estados Unidos, Puerto Rico, y Venezuela.
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