En Camino: Comentando la Palabra

Autor: Neptalí Díaz Villán, C.Ss.R.

– 1ra lect.: 1 Re 3,5.7-12
– Sal 118,57.72.76-77.127-130
– 2da lect.: Rom 8,28-30
– Evangelio: Mt 13,44-52

Las parábolas del Reino II

Bien dice el Concilio Vaticano II que los textos bíblicos deben ser leídos teniendo en cuenta la revelación completa. A primera vista, la primera lectura nos muestra a Salomón como un rey paradigmático que, ante el ofrecimiento de Dios, pidió sabiduría para gobernar a su pueblo, en vez de riqueza, larga vida o la muerte de sus enemigos. Hasta ahí todo bien, el papel aguanta todo.

Pero en la práctica Salomón fue otro más en la cuenta de los reyes que aprovecharon su poder para esclavizar, explotar y llevar una vida a sus anchas, sin importarle la miseria de su pueblo.

Salomón con su reinado monárquico y sus estructuras económicas, políticas, militares y religiosas que estableció para manejar los hilos del poder, no tienen nada que ver con la propuesta del Reino que presentó y enseñó Jesús con sus palabras, pero sobre todo con su práctica de justicia y fraternidad. El reinado salomónico, para el seguidor de Jesús, debe ser descartado, pues suplanta a Dios y niega al ser humano.

Para nosotros lo único absoluto debe ser el Reinado de Dios, tal como nos lo sugieren las dos primeras parábolas de hoy. Jesús acudió a dos figuras comunes para la época: el tesoro en el campo, y la perla.

El pueblo de Israel ha vivido casi toda su vida en medio de las guerras. Su posición estratégica entre Mesopotamia y Egipto, dos antiguos imperios regionales, la hacían muy apetecida para el dominio comercial y militar. Otras veces fueron los seléucidas, los helenos o las mismas disputas por el poder entre ellos mismos. Por tal motivo muchas veces la gente se veía obligada a esconder los tesoros más valiosos en la tierra. Las perlas por su parte, eran pescadas por buceadores en el golfo pérsico, en el mar rojo o en el océano índico, para ser montadas como adorno en los collares. Su valor era muy alto.

Cuando el seguidor de Jesús descubre y comprende la grandeza que encierra la propuesta del Reino debe invertir todo lo que tiene para construirlo, teniendo en cuenta que el Reino no es la negación de su vida, sino la afirmación más completa de su dignidad, la plenitud de su existencia en relación con Dios y con los hermanos. Cuando descubrimos los estragos que en la humanidad han ocasionado, la codicia, la ambición, el ansia de poder y demás ídolos, tenemos que cuidarnos en no caer en esa tentación. Y cuando comprendemos el valor de la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el servicio y los demás valores del Reino, entonces necesariamente tenemos que arriesgarnos a dedicar todas nuestras fuerzas, para hacer parte de los Bienaventurados del Reino de Dios.

Esta es una propuesta exigente; sin embargo el énfasis no está tanto en la renuncia o en la heroicidad del luchador como en la alegría que representa el Reino, como la alegría del que encuentra el tesoro escondido en el campo que venden todo con la ilusión de conseguir eso más valioso. ¡Lleno de alegría! “Cuando una gran alegría, que supera toda medida, embarga a un hombre, lo arrastra, abarca lo más íntimo, subyuga el sentido. Todo palidece ante el brillo de lo encontrado. Ningún precio parece demasiado elevado. La insensible entrega de lo más precioso se convierte en algo puramente obvio. No es la entrega de los dos hombres de la parábola lo decisivo, sino el motivo de la decisión: el ser subyugados por la grandeza del hallazgo. Así ocurre con el reino de Dios. La Buena Nueva de su llegada subyuga, proporciona una gran alegría, dirige toda la vida a la plenitud de la comunidad con Dios, efectúa la entrega más apasionada”.[1]

Lo más valioso no es la entrega misma sino el motivo de la entrega: El Reino. Esa gran alegría de sabernos amados por Dios, partícipes de su Reino, es la que nos hace capaces de amar como el Señor (Lc 22,27/Mc 10,45/Jn 13,15), con un amor que da sin buscar protagonismos (Mt 6,12), sin acumular tesoros en la tierra, pues somos capaces de compartir (Mt 6,19-21/Lc 12,23) y de servir (Mc 10,35-45). “Dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría” (Rabindranath Tagore).

La propuesta es para todos, pero no todos alcanzan a comprender la grandeza del Reino. Hay personas que no quieren aceptarlo o no comprenden este lenguaje y prefieren seguir otro camino. Así como la red se lanza al lago y pesca todo tipo de peces, pero los peces de “mala calidad” o los que no han alcanzado un buen tamaño se sueltan en el mar, estas personas han de dejarse libres para que cuando llegue su tiempo, acepten la propuesta de Jesús, si quieren.

El Reino no se le debe imponer a nadie, pues dejaría de ser Buena Noticia. El Reino debe ser aceptado libremente para que genere alegría plena. Si hay personas que todavía no quieren comprometerse con el Reino, no tenemos derecho a juzgarlos. Quienes queramos responder a esta exigente, pero alegre sorpresa, debemos invertir todo cuanto somos y tenemos en la realización de este plan salvífico de Dios para nosotros.

De esta manera reproduciremos, como dice Pablo (Rm 8,28-30 – 2da lect), los rasgos de Jesús, el primogénito de los Bienaventurados del Reino de Dios. La mejor muestra de que de verdad somos fieles seguidores y anunciadores del Reino, la mejor manera para “convencer” a los indecisos de que vale la pena seguir a Jesús y apostarlo todo por Él, es la alegría con que vivimos nosotros, es el gozo y la sonrisa en nuestros labios que nos precede en cada momento de nuestra vida. “Un santo triste, es un triste santo” (Santa Teresa de Ávila).

[1] JEREMÍAS Joaquín, Interpretación de las parábolas. Verbo Divino. Pamplona 1971. 147-148

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Hermanas, Misioneras Auxiliares del Sagrado Corazón serviendo el Pueblo de Dios en los Estados Unidos, Puerto Rico, y Venezuela.
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